premio_symbelmine3_thumb12Desde Vietnam, unidos para siempre , Yên me envía un Premio que se llama “Symbelminë o No me olvides”. Este premio supone una excusa para agradecer el trabajo de algunos blogs y aprovechar la ocasión para poder seguir manteniendo el contacto y estrechar lazos con aquellos que hacen que cada día saquemos un poquito de tiempo para compartir y recibir noticias, reflexiones, chistes, bromas y sentimientos.

Desde aquí mi agradecimiento para ella, además de por el premio, por sus bonitas palabras. En su blog sigo encontrando una ventana abierta a Vietnam.                                 

flor_no_me_olvides1La flor “no me olvides” o Symbelminë es la que, según JRR Tolkien, crece sobre las tumbas de los reyes Rohirrin. Su descripción se encuentra en el capítulo 7 de El Señor de los Anillos, La Comunidad del Anillo, donde el autor compara la belleza de una reina élfica con estas flores. Suelen ser de un color azul claro o blanco con un poco de rojo, tiene cinco pétalos y su centro asemeja un pentágono. Crece en grupos y sus semillas pequeñitas son dispersadas por el viento. Simboliza la amistad y el amor sincero y verdadero.

Son muchos los blogs que sigo aunque no tantos en los que escribo. En esta ocasión, me apetece conceder el premio a cuatro en concreto. Sus temáticas son diversas y sus autores más aún, pero todos y cada uno de ellos, a su manera, son importantes para mí:

Cucha que te digo, el blog de la Sor Citroen
Fatys
FeWiBef
Jomagaro

 

 Según leo, y así transcribo, este premio tiene las siguientes reglas o sugerencias:

 

1. Elegir blogs o sitios de Internet que por su calidad, su afinidad o cualquier razón hayan conseguido establecer un vínculo que desees reforzar y premiar con un “no-me-olvides” y enlazarlos en el post escrito.

2. Escribir un post mostrando el premio, citar el nombre del blog o web que te lo regala y notificar a tus elegidos con un comentario. Si es posible el origen del premio.

 

3. Exhibir el Premio en tu blog

Sigo sin noticias nuevas. La sensación del paso del tiempo es ¡tan relativa!

 

La espera, con independencia de lo larga que pueda llegar a sentirse, es una oportunidad. Así lo leí, así lo sigo leyendo y así la interpreto. Una oportunidad para hacer todas aquellas cosas que, no se sabe cuándo, tendré que dejar de hacer; largas siestas, salidas nocturnas, salidas diurnas interminables y no precisamente en parques ni en columpios, viajes varios… Pero sobre todo es una oportunidad para preparar la casa, preparar a las personas que nos rodean, y prepararse. Prepararse para una nueva vida, para unas nuevas responsabilidades y unos nuevos retos. No sé si alguien lo consigue antes de que ese momento llegue, sinceramente no lo creo, y no precisamente por falta de tiempo.  Mientras tanto, en la medida de lo posible, intento seguir preparándome. Y siguen ayudándome a ello. Sigo ganando, por el color del trigo.

 

Son cada vez más los detalles, los regalos y los guiños que me hacen con el corazón y atraviesan el mío. Y muchos también, a cuál más especial, los que puedo compartir a través de estas páginas, aunque últimamente soy poco prolija escribiendo.

 

Me estoy convirtiendo en coleccionista de joyas y voy a empezar a lucirlas. Una de ellas: “Canciones infantiles y nanas del baobab. El África negra en 30 canciones infantiles” (Kókinos, Editorial. Colección Un libro, un CD. Barcelona, 2006 )

   

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Es una recopilación de nanas, canciones de boda y trabajo, danzas y juegos cantados de 10 países (Camerún, Congo, Costa de Marfil, Guinea, Guinea-Conakry, Mali, Mauritania, Ruanda, Senegal y Togo) y en 11 idiomas (bamena, bambara, kikongo, kinyaruanda, lingala, mina, peul, sägö, soninke, susu y wolof). El libro, con unas maravillosas ilustraciones de Élodie Nouhen, cuenta con la transcripción de las letras originales, su traducción al español y un anexo informativo sobre los orígenes, contexto cultural, gestualización e instrumentación de cada una de las 30 canciones que contiene el CD que lo acompaña.

 

Lo escucho a menudo. Si bien soy consciente de que jamás llegaré a aprenderme alguna de ellas, otras ya me empiezan a resultar familiares y soy capaz de, al menos, tararearlas. Y pienso si las conocerá.

 

He intentado grabar alguna para incorporarla, pero la tecnología se me resiste. Tampoco he conseguido encontrar ninguna en video. Me conformo con seguir escuchándolas y recomendarlas a todo el mundo, con independencia de adoptar, y de hacerlo en África.

“Apareció entonces el zorro;
elprincipito4
– Buenos días- saludó el zorro.
– Buenos días- contestó amablemente el principito que al darse vuelta en dirección a la voz no vio a nadie.
– Si me buscas, aquí estoy -aclaró el zorro- debajo del manzano…
– Pero…, ¿quién eres tú? -preguntó el principito- Eres muy hermoso…
– Soy un zorro -dijo el zorro.
– Acércate…, ven a jugar conmigo -propuso el principito- ¡Estoy tan triste!…
– ¿Jugar contigo? No…, no puedo -dijo el zorro- Aún no estoy domesticado.
– Ah! Perdón -se excusó el principito.

Interrogó, luego de meditar un instante:
– ¿Has dicho “domesticar”? ¿Qué significa “domesticar”?
– Tú no eres de aquí -afirmó el zorro- ¿Puedes decirme qué es lo que buscas?
– Busco a los hombres -respondió el principito- Dime, ¿qué significa “domesticar”?
– Los hombres -intentó explicar el zorro- poseen fusiles y cazan. Eso es bien molesto. Crían también gallinas; es su único interés. Tú buscas gallinas, ¿verdad?
– No -dijo el principito- Busco amigos. ¿Qué significa “domesticar”?
– Ah!…, es una cosa muy olvidada -respondió el zorro- Significa “crear lazos”.
-¿Crear lazos? -preguntó el principito.
– Así es -confirmó el zorro- Tú para mí, no eres más que un jovencito semejante a cien mil muchachitos. Además, no te necesito. Tampoco tú a mí. No soy para ti más que un zorro parecido a cien mil zorros. En cambio, si me domesticas…, sentiremos necesidad uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo…
– Creo que empiezo a entender -dijo el principito- Hay una flor… Creo que me ha domesticado.
– Es probable -contestó el zorro- En este planeta, en la Tierra, pueden ocurrir todo tipo de cosas…!
– Oh! No es en la Tierra -se apresuró a decir el principito.
El zorro se quedó no menos que intrigado.
– ¿Acaso en otro planeta?
– Sí.
-¿Puedes decirme si hay cazadores en ese planeta?
-¡Oh, no! No los hay.
– Me está resultando muy interesante, ¿Hay gallinas?
– No.
– No existe nada que sea perfecto-dijo el zorro suspirando.
Luego prosiguió:
– Mi vida es algo aburrida. Cazo gallinas y los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen como también los hombres se parecen entre sí. Francamente me aburro un poco. Estoy seguro que…, si me domesticas mi vida se verá envuelta por un gran sol. Podré conocer un ruido de pasos que será bien diferente a todos los demás. Los otros pasos, me hacen correr y esconder bajo la tierra. Pero el tuyo sin embargo, me llamará fuera de la madriguera, como una música. ¡Mira! ¿Puedes ver allá a lo lejos los campos de trigo? Yo no como pan, por lo que para mí el trigo es inútil. Los campos de trigo nada me recuerdan. ¡Es triste! Pero tú tienes cabellos de color oro. Cuando me hayas por fin domesticado, el trigo dorado me recordará a ti. Y amaré el sonido del viento en el trigo…
El zorro en silencio, miró por un gran rato al principito.
– Por favor… ¡domestícame! -suplicó.
– Lo haría, pero… no dispongo de mucho tiempo -contestó el principito. Quisiera encontrar amigos y conocer muchas cosas.
-¿Sabes…? Sólo se conocen las cosas que se domestican -afirmó el zorro. Los hombres carecen ya de tiempo. Compran a los mercaderes cosas ya hechas. Y… como no existen mercaderes de amigos, es muy simple, los hombres ya no tienen amigos. Si realmente deseas un amigo, ¡domestícame!
– Y… qué es lo que debo hacer? -preguntó el principito.
– Debes tener suficiente paciencia -respondió el zorro- En un principio, te sentarás a cierta distancia, algo lejos de mi sobre la hierba. Yo te miraré de reojo y tú no dirás nada. La palabra suele ser fuente de malentendidos. Cada día podrás sentarte un poco más cerca.
“Al otro día el principito volvió:
– Lo mejor es venir siempre a la misma hora -dijo el zorro- Si sé que vienes a las cuatro de la tarde, comenzaré a estar feliz desde las tres. A medida que se acerque la hora más feliz me sentiré. A las cuatro estaré agitado e inquieto; ¡comenzaré a descubrir el precio de la felicidad! En cambio, si vienes a distintas horas, no sabré nunca en qué momento preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.
– ¿Qué son los ritos? -preguntó el principito.
– Se trata también de algo bastante olvidado -contestó el zorro- Es aquello que hace que un día se diferencie de los demás, una hora de las otras horas. Te daré un ejemplo. Entre los cazadores hay un rito. Todos los jueves bailan con las jóvenes del pueblo. Para mí el jueves es un maravilloso día, ya que paseo hasta la viña. Si los cazadores no tuvieran un día fijo para su baile, todos los días serían iguales y yo no tendría vacaciones.
Fue así como el principito domesticó al zorro. Pero al acercarse la hora de la partida:
– ¡Ah! -dijo el zorro- Voy a llorar.
– No es mi culpa -repuso el principito- Tú quisiste que te domesticara, no fue mi intención hacerte daño…
– Sí, yo quise que me domesticaras -dijo el zorro.
– Pero ¡dices que llorarás!
– Sí -confirmó el zorro.
– ¿Ganas algo entonces? -preguntó el principito.
– Gano -aseguró el zorro- por el color del trigo.
Luego sugirió al principito:
– Vuelve y observa una vez más el jardín de rosas. Ahora comprenderás que tu rosa es única en el mundo. Cuando vuelvas para decirme adiós, yo te regalaré un secreto.
Se dirigió el principito nuevamente a la rosas:
– En absoluto os parecéis a mi rosa. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Así era mi zorro antes, semejante a cien mil otros. Al hacerlo mi amigo, ahora es único en el mundo.
Las rosas se mostraron ciertamente molestas.
Sois bellas, pero aún estáis vacías -agregó todavía- Nadie puede morir por vosotras. Es probable que una persona común crea que mi rosa se os parece. Ella siendo sólo una, es sin duda más importante que todas vosotras, pues es ella la rosa a quien he regado, a quien he puesto bajo un globo; es la rosa que abrigué con el biombo. Ella es la rosa cuyas orugas maté (excepto unas pocas que se hicieron mariposas). Ella es a quien escuché quejarse, alabarse y aún algunas veces, callarse. Ella es mi rosa…
Regresó hacia donde estaba el zorro:
– Adiós -dijo.
– Adiós -dijo el zorro- Mi secreto es muy simple: no se ve bien sino con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos.
– Lo esencial es invisible a los ojos -repitió el principito a fin de acordarse.
– El tiempo que dedicaste por tu rosa, es lo que hace que ella sea tan importante para ti.
– El tiempo que dediqué por mi rosa… -repitió el principito para no olvidar.
– Los hombres ya no recuerdan esta verdad -dijo el zorro- En cambio tú, por favor… no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…
– Soy responsable de mi rosa… -dijo en voz alta el principito a fin de recordar…”

“[…]- Creo que hay dos clases de gente en el mundo, los que se van y los que se quedan, ¿no es cierto? – No, yo no lo creo – ¿Pues qué crees tú? – Pues que hay dos clases de gente, los que van a alguna parte y los que no van a ninguna. Eso sí que es cierto – No estoy de acuerdo Ben – Porque no sabes de qué demonios estoy hablando. Soy un exciudadano de ninguna parte. A veces, echo de menos mi hogar.”    (Paint your wagon)

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Sigo admirando las estrellas cuando las nubes dan tregua. No me oriento, no conozco más allá de las constelaciones más brillantes y me cuesta situar el este y el oeste cuando miro al cielo.  Pero sigo dando pasos hacia el sur. Pasos insignificantes, pequeños, sin pulso y sin demasiado equilibrio, pero pasos que no cansan y que me acercan cada día un poco más a mi pequeña estrella errante.

Los pasos compartidos, las rutas similares y un mismo destino, hacen posible el encuentro de “buscadores de estrellas” a lo largo del trayecto. El tiempo en el camino y la carga de las mochilas sitúan a los viajeros en diferentes puntos de la travesía. Pero observar juntos pequeños nuevos haces de luz, y sus posiciones, los ubica bajo el mismo cielo. Un cielo cada vez más cargado de estrellas esperando a ser descubiertas y reconocidas. A ser encontradas y a ocupar un sitio digno en su firmamento. A poder seguir brillando a pesar de la soledad, del hambre y de las circunstancias de un universo que se ha olvidado de ellas y del lugar en el que se encuentran; y que no ve más allá de sus narices y del nublado que tienen justo encima de sus ojos.

Los llaman “niños encontrados”. Niños abandonados en los márgenes de los caminos que difícilmente sobreviven. Niños cuya única salida es tener la suerte de que alguien los encuentre y los recoja, y la fortuna de tener las fuerzas suficientes de llegar con vida a alguna parte. Y poder nacer de nuevo.

No sé de tiempos, nadie sabe. Hay estimaciones, siempre imprecisas. De poco sirve contar meses o calcular fechas. Pero una cosa es clara. Hay mucho avanzado. Porque hay una clase de gente que va a alguna parte y allí permite que los niños encontrados, las pequeñas estrellas errantes, dejen de ser exciudadanos de ninguna parte y puedan llegar a su hogar.

Y porque he conocido a esta clase de gente, estoy convencida de que más pronto que tarde, muchos de estos luceros, brillarán en el trocito de cielo que les pertenece y que nadie debió nunca arrebatarles.

 A A.M.S.

 

 

De vez en cuando la veo. Mi ruta al trabajo cambia en función del autobús que antes llegue a la parada; y un número 6 termina siendo el responsable del tipo de pensamientos con los que comienzo el día.

marquesadeparadas1No sé cómo se llama. No sé qué edad puede tener. Es de las personas con las que nunca se llegaría a acertar porque los surcos de su rostro posiblemente siempre estuvieron ahí. Un pequeño moño sujeta su pelo ceniza. Sus ropajes le aportan imagen de antigua castañera. Y unos tablones de madera y otros de cartón con dos paraguas negros y un trozo de manta y plástico, le ayudan a engañar al frío y la lluvia en una céntrica y conocida calle de Sevilla.

Jamás la he visto pedir. Puede ser que, a la hora de la mañana en que la veo, aún esté despertándose a su realidad. En algunas ocasiones, marea un vaso de café caliente haciéndole cumplir función de guantes, y siempre que no mira al suelo o contempla el humo salir del vaso, me sonríe. Me entristezco imaginando qué cosas han podido pasar en su vida para que esos sean sus amaneceres. Recuerdo el frío de esa noche -que metida en mi edredón me ha despertado y obligado a coger otra manta- y observo de nuevo su pequeña cueva, su palacio. Me pregunto quién, cada mañana, le proporciona el café. Me pregunto quién es “la Marquesa de Paradas”, pero no se lo pregunto. Me asusta importunar su reino. La observo, me mira, le sonrío, me sonríe, y su sonrisa mantiene la mía el resto del camino.

No sé por qué me he puesto a escribir sobre ella. A lo mejor, porque esta mañana la he encontrado especialmente acompañada. Junto a su café, un grupo de palomas rodeaban su falda mientras les hablaba desmigando pan duro. A lo mejor, porque desde que la he recordado, no he dejado de sonreír.

Efectivamente, y como era previsible que ocurriera, me quedé sin lámpara y sin genio. No me importa. Los Reyes, mejor que nadie, saben interpretar bien las cartas y conocen a la perfección cuáles son nuestras ilusiones y nuestras esperanzas, y cómo las expresamos.

Somos tres hermanos y son tres los que han llegado cada año desde oriente, guiados por sus respectivos pajes que se adelantaban en el camino y dejaban algún que otro regalo la noche del 24 de diciembre para que pudiésemos disfrutarlos durante las vacaciones.  Cada uno de nosotros tenía asignado su Rey Mago por orden de edad. Yo soy la segunda. Mi rey es Gaspar, pero un Gaspar muy especial porque, en algún momento de nuestra infancia, mi madre se despistó en sus descripciones y le adjudicó una bonita barba blanca.  Mientras tanto, el Melchor de mi hermana jamás llegó a envejecer. Aún hoy, como cada año por estas fechas, seguimos discutiendo sobre quién y cómo es nuestro rey. El que nunca tuvo conflicto alguno fue el pequeño, que rápidamente se identificó con el que iba en tercer lugar y poseía unas características que generaban poca confusión.

Este cinco de enero, en la cabalgata, mientras los volvía a ver pasar pensando en sus barbas cambiadas, entre caramelazos, globos y más globos, toda mi atención se volcó en Baltasar.  Y le grité. Y le conté, ya en silencio, parte de mi carta y de otra carta muy especial. Una carta que no se escribe en papel y que tuve el honor de que compartieran conmigo el día anterior.

Sabios, son sabios. Nos conocen al milímetro. Este 2009 han venido nuevamente cargados y, como siempre ocurre, y a pesar de la crisis, muchísimo mas generosos de lo que les correspondería en función del balance del año. Estos son algunos de los regalos que me han traído y que podré, y me encantará, compartir a través de estas páginas.

 

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Otros, incluida una carta escrita desde oriente que tuve que leer en tres o cuatro fases porque un nudo en la garganta y las lágrimas de emoción no me permitían seguir, me los reservo. 

Acompañada por los Reyes Magos y su reparto de tareas, sigo acercándome a Senegal. A esta hora.

 

Desde El Pito Doble, Quatermain me ha enviado un meme que consiste en decir qué es lo que querrías que te trajeran los Reyes Magos. Como él no ha podido elegir lo que realmente hubiese querido porque su meme traía una claúsula, le prestaré uno de mis deseos. Siempre me han dicho que esto no se podía hacer, pero siempre soñé con hacerlo. Y como, en esta ocasión, nadie me lo impide ni me ha puesto condiciones, ahí va mi carta.

  

reyes_magos26Queridos Reyes Magos:

 
Deseo… una lámpara maravillosa de la que, al frotar, salga un genio que me conceda tres deseos. El primero de ellos; que sea capaz de ser justa y ecuánime con mis peticiones. El segundo, que no exista nadie que no vea cumplido un buen deseo. Y el tercero: ¡que se cumplan todos aquellos que pida!

 

 Paso este meme a Alicia , a Yên, a Mari , y a mi queridísima Lucy

 

¡¡Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo!!