Orígenes


“[…]- Creo que hay dos clases de gente en el mundo, los que se van y los que se quedan, ¿no es cierto? – No, yo no lo creo – ¿Pues qué crees tú? – Pues que hay dos clases de gente, los que van a alguna parte y los que no van a ninguna. Eso sí que es cierto – No estoy de acuerdo Ben – Porque no sabes de qué demonios estoy hablando. Soy un exciudadano de ninguna parte. A veces, echo de menos mi hogar.”    (Paint your wagon)

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Sigo admirando las estrellas cuando las nubes dan tregua. No me oriento, no conozco más allá de las constelaciones más brillantes y me cuesta situar el este y el oeste cuando miro al cielo.  Pero sigo dando pasos hacia el sur. Pasos insignificantes, pequeños, sin pulso y sin demasiado equilibrio, pero pasos que no cansan y que me acercan cada día un poco más a mi pequeña estrella errante.

Los pasos compartidos, las rutas similares y un mismo destino, hacen posible el encuentro de “buscadores de estrellas” a lo largo del trayecto. El tiempo en el camino y la carga de las mochilas sitúan a los viajeros en diferentes puntos de la travesía. Pero observar juntos pequeños nuevos haces de luz, y sus posiciones, los ubica bajo el mismo cielo. Un cielo cada vez más cargado de estrellas esperando a ser descubiertas y reconocidas. A ser encontradas y a ocupar un sitio digno en su firmamento. A poder seguir brillando a pesar de la soledad, del hambre y de las circunstancias de un universo que se ha olvidado de ellas y del lugar en el que se encuentran; y que no ve más allá de sus narices y del nublado que tienen justo encima de sus ojos.

Los llaman “niños encontrados”. Niños abandonados en los márgenes de los caminos que difícilmente sobreviven. Niños cuya única salida es tener la suerte de que alguien los encuentre y los recoja, y la fortuna de tener las fuerzas suficientes de llegar con vida a alguna parte. Y poder nacer de nuevo.

No sé de tiempos, nadie sabe. Hay estimaciones, siempre imprecisas. De poco sirve contar meses o calcular fechas. Pero una cosa es clara. Hay mucho avanzado. Porque hay una clase de gente que va a alguna parte y allí permite que los niños encontrados, las pequeñas estrellas errantes, dejen de ser exciudadanos de ninguna parte y puedan llegar a su hogar.

Y porque he conocido a esta clase de gente, estoy convencida de que más pronto que tarde, muchos de estos luceros, brillarán en el trocito de cielo que les pertenece y que nadie debió nunca arrebatarles.

 A A.M.S.

 

 

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Efectivamente, y como era previsible que ocurriera, me quedé sin lámpara y sin genio. No me importa. Los Reyes, mejor que nadie, saben interpretar bien las cartas y conocen a la perfección cuáles son nuestras ilusiones y nuestras esperanzas, y cómo las expresamos.

Somos tres hermanos y son tres los que han llegado cada año desde oriente, guiados por sus respectivos pajes que se adelantaban en el camino y dejaban algún que otro regalo la noche del 24 de diciembre para que pudiésemos disfrutarlos durante las vacaciones.  Cada uno de nosotros tenía asignado su Rey Mago por orden de edad. Yo soy la segunda. Mi rey es Gaspar, pero un Gaspar muy especial porque, en algún momento de nuestra infancia, mi madre se despistó en sus descripciones y le adjudicó una bonita barba blanca.  Mientras tanto, el Melchor de mi hermana jamás llegó a envejecer. Aún hoy, como cada año por estas fechas, seguimos discutiendo sobre quién y cómo es nuestro rey. El que nunca tuvo conflicto alguno fue el pequeño, que rápidamente se identificó con el que iba en tercer lugar y poseía unas características que generaban poca confusión.

Este cinco de enero, en la cabalgata, mientras los volvía a ver pasar pensando en sus barbas cambiadas, entre caramelazos, globos y más globos, toda mi atención se volcó en Baltasar.  Y le grité. Y le conté, ya en silencio, parte de mi carta y de otra carta muy especial. Una carta que no se escribe en papel y que tuve el honor de que compartieran conmigo el día anterior.

Sabios, son sabios. Nos conocen al milímetro. Este 2009 han venido nuevamente cargados y, como siempre ocurre, y a pesar de la crisis, muchísimo mas generosos de lo que les correspondería en función del balance del año. Estos son algunos de los regalos que me han traído y que podré, y me encantará, compartir a través de estas páginas.

 

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Otros, incluida una carta escrita desde oriente que tuve que leer en tres o cuatro fases porque un nudo en la garganta y las lágrimas de emoción no me permitían seguir, me los reservo. 

Acompañada por los Reyes Magos y su reparto de tareas, sigo acercándome a Senegal. A esta hora.