Sentada en mi sofá, leyendo con la televisión encendida, -con el sonido lo suficientemente bajo como para no distorsionar la lectura y lo suficientemente alto para oír movimiento y sentirme acompañada en una tarde sola y fría-, he dejado el café en la mesa y he levantado la vista para que me diese tiempo a localizar el anuncio del que provenía una preciosa canción.

Por supuesto la he localizado. Tanto la canción como la letra. Y como YouTube es una maravilla, he empezado a buscar algún que otro video. Mientras escuchaba una magnífica grabación en directo, como mi inglés es tan lamentable, me he ido ayudando de la letra para entenderla. Lo que en un principio me dio la impresión que iba a ser una bonita canción de amor, conforme avanzaba, se iba convirtiendo en una de las canciones más tristes que he escuchado nunca.

Y como la curiosidad no es buena, (pero tampoco mala), he seguido indagando a ver con qué videos se le ocurría a la gente relacionarla. Me he quedado helada, petrificada, con uno que probablemente sea de los que llegan a los correos y se reenvían para que veamos hasta dónde somos capaces de llegar los humanos, si en este caso se nos puede denominar así.

He intentado ponerme en las mismas circunstancias y comprender la manera de proceder de todas y cada una de las personas que pasan por la cámara. He intentado entender el bullicio, el ajetreo, el despiste, las prisas del ir y venir, el pensar que hay más gente, el pensar que no es una persona enferma ni fallecida, que es un indigente, un drogadicto, un borracho…, pero, en cualquier caso, dormido… y me he ido indignando por momentos. He pensado cuáles hubiesen sido mis pasos, mis movimientos, mi hacer o mi no hacer. Y de la indignación he pasado a la pesadumbre y me ha invadido una inmensa tristeza.

Y he pedido mi primer deseo de navidad.

“Que la indeferencia no nos haga cómplices”

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