De vez en cuando la veo. Mi ruta al trabajo cambia en función del autobús que antes llegue a la parada; y un número 6 termina siendo el responsable del tipo de pensamientos con los que comienzo el día.

marquesadeparadas1No sé cómo se llama. No sé qué edad puede tener. Es de las personas con las que nunca se llegaría a acertar porque los surcos de su rostro posiblemente siempre estuvieron ahí. Un pequeño moño sujeta su pelo ceniza. Sus ropajes le aportan imagen de antigua castañera. Y unos tablones de madera y otros de cartón con dos paraguas negros y un trozo de manta y plástico, le ayudan a engañar al frío y la lluvia en una céntrica y conocida calle de Sevilla.

Jamás la he visto pedir. Puede ser que, a la hora de la mañana en que la veo, aún esté despertándose a su realidad. En algunas ocasiones, marea un vaso de café caliente haciéndole cumplir función de guantes, y siempre que no mira al suelo o contempla el humo salir del vaso, me sonríe. Me entristezco imaginando qué cosas han podido pasar en su vida para que esos sean sus amaneceres. Recuerdo el frío de esa noche -que metida en mi edredón me ha despertado y obligado a coger otra manta- y observo de nuevo su pequeña cueva, su palacio. Me pregunto quién, cada mañana, le proporciona el café. Me pregunto quién es “la Marquesa de Paradas”, pero no se lo pregunto. Me asusta importunar su reino. La observo, me mira, le sonrío, me sonríe, y su sonrisa mantiene la mía el resto del camino.

No sé por qué me he puesto a escribir sobre ella. A lo mejor, porque esta mañana la he encontrado especialmente acompañada. Junto a su café, un grupo de palomas rodeaban su falda mientras les hablaba desmigando pan duro. A lo mejor, porque desde que la he recordado, no he dejado de sonreír.

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